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Lo que nuestra información no quiere saber de Chávez y de América latina Stampa E-mail

La reflexión más patente que surge tras leer los medios de información italianos después del paso triunfal por Venecia del presidente venezolano Hugo Chávez – para asistir al estreno de la película-documental South of the Border que le quiso dedicar Oliver Stone – es que aquí todos se niegan a decir la verdad sobre lo que está sucediendo, y por qué, en el mundo.

Nuestra información, patéticamente empantanada en su estúpido juego de chismorreo, insultos y contra-insultos locales, parece estar enferma de autismo en sus certezas, aun cuando estas certezas se ven desmentidas por la realidad, como sucedió con el reciente desmoronamiento del muro del capitalismo.

En efecto, esta información está ya tan acostumbrada a ser mentirosa, superficial, ridícula cuando narra las personas y los hechos, que ni siquiera siente la necesidad de preguntarse, por ejemplo, por qué el director Oliver Stone, el de Salvador, Platoon, JFK: caso abierto, Wall Street – o sea un director acostumbrado a decir la verdad sin ambages y a reflexionar sobre el mundo que le rodea – sintió la necesidad de narrar la América latina de hoy, usando el mecanismo del documental, y entrevistando a los presidentes del continente al sur de Texas: a partir, precisamente, de Hugo Chávez, para seguir con el brasilero Lula da Silva, la argentina Cristina Kirchner con su marido Néstor (que le antecedió en la presidencia), el ecuatoriano Rafael Correa, el paraguayo Fernando Lugo, el cubano Raúl Castro. Todos ellos protagonistas, de alguna forma, del viento de atención social y civil que está cambiando y haciendo que esa parte del mundo sea más justa. Un viento que, según todos los índices internacionales, está empujando la América latina hacia su rescate, históricamente anhelado desde los tiempos de las conquistas coloniales de España y Portugal, y que no será apreciado por los intereses de las naciones del norte del mundo.

Oliver Stone realiza esta travesía de un continente que está recuperando derechos democráticos – mientras que en Europa se van perdiendo día tras día jirones de conquistas civiles y sociales – alternando sus incursiones en las vidas de estos líderes con fragmentos de telediarios norteamericanos que tienen el mérito de demoler la fama usurpada de la tan ensalzada habilidad periodística de los medios de información de allende el océano.

No es por casualidad que precisamente en Venecia, durante la cena organizada por la producción en la que participó también Chávez, Stone me reiteraba: “Muchos de los países latinoamericanos que se han conquistado recientemente una indpendencia real son definidos incorrectamente, por ciertos sectores de nuestro gobierno y por parte de la prensa miserablemente sometida, como «no democráticos», porque sus nuevas opciones económicas y políticas perjudican a nuestros intereses. Todo esto es intolerable, y hay que tener la fuerza de denunciarlo”.

En fin, el director de Nacido el 4 de julio y de Asesinos natos desempeña la tarea que antes desempeñaban los periodistas, los ensayistas, y con la que, desde hace algún tiempo, están cumpliendo otros directores como él, como Sean Penn, George Clooney, y hasta Soderbergh (con su rigurosa reconstrucción de la vida y de la epopeya de Che Guevara, que desmiente todas las mentiras armadas contra él y contra Cuba), o como Michael Moore, el pionero de este género, premiado por un público que, evidentemente, quiere huir de las deformaciones y embustes de la televisión.

Así que no debe asombrar que los medios de información italianos, con la excepción de Il manifesto, no hayan sentido la necesidad de contar a sus lectores el contenido de South of the Border (Al sur de la frontera) – lo que hubiera sido debido para ayudar al público a comprender – sino que soltaron a sus supuestos cronistas de ataque en busca de chismes, de ocurrencias, o sea de la nada.

Yo estaba en Venecia en mi papel de periodista y documentalista, y yo mismo pude experimentarlo. 

De no ser así las cosas, estos cazadores de patrañas hubieran debido recordar, por ejemplo, que los líderes progresistas latinoamericanos, protagonistas de la película de Stone –que además parecieron todos dialécticamente más preparados que nuestros sabihondos políticos – han  podido afianzarse democráticamente sólo a partir del comienzo del nuevo siglo, y en particular después del 11 de septiembre de 2001, cuando los Estados Unidos, distraídos por dos guerras inventadas en el Oriente, perdieron de vista su “patio trasero”. Antes de esas fechas, sólo hubieran podido acabar como otros líderes democráticos del continente, desde el guatemalteco Arbenz al chileno Allende, elegidos por el pueblo y derrocados por juntas militares criminales sostenidas por los gobiernos de Estados Unidos.

Pero nuestro actual periodismo insustancial tiene miedo a enfrentarse con la historia y con la verdad. De forma que siempre opta por el cabaré o la mistificación chabacana.

Por ejemplo, Il Giornale de Berlusconi publicaba un sumario, en el artículo de Michele Anselmi, que rezaba: “El desalmado caudillo venezolano, huésped del director Oliver Stone, que le celebra en una película y olvida la ferocidad del régimen”. En efecto, una frase semejante, que volvía a la memoria a personajes inquietantes sostenidos por occidente, como Bokassa o Idi Amin, o el dictador haitiano Duvalier, o los miembros de las juntas militares argentina o chilena responsables, con el apoyo de Estados Unidos, de la tragedia de los desaparecidos, se funda en la nada. Desgraciadamente para el periodismo italiano, si al autor de esa página le hubieran preguntado que enumerara aunque fuera un sólo acto de ferocidad del presidente venezolano, no hubiera sabido contestar, ya que, entre otras cosas y como sabe quienquiera que practique un periodismo honesto, Chávez es el protagonista de un recorrido político que en los últimos once años le ha visto prevalecer doce veces en otras tantas vueltas electorales o referendos. Es éste un dato que para mayor claridad debería ser tenido en cuenta también por una parte de la izquierda italiana, mal predispuesta en cuanto a la política del presidente venezolano, a pesar de los éxitos sociales que le reconocen los organismos internacionales. Una vez, Gad Lerner dijo por televisión “Chávez no nos gusta”. Un juicio legítimo, que, sin embargo, sugiere una pregunta: ¿el voto es acaso un instrumento que vale sólo cuando gana el candidato que nos gusta?

Recientemente, también el ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter tuvo la oportunidad de controlar las elecciones en Venezuela, con su Fundación por los Derechos humanos. Y no tuvo ninguna duda acerca de lo correcto de las elecciones.

A una parte de nuestra izquierda tampoco le gustan las amistades de Chávez. Por ejemplo, vino a Venecia después de una gira por Irán, Siria y Libia, y al día siguiente se iría para Bielorrusia y Rusia. “Soy el presidente de un país que es el cuarto productor mundial de petróleo” – nos explicó, a mí y a Tariq Alí, el guionista de South of the Border, durante la cena de la producción – “¿Qué debo hacer? ¿Ignorar esta realidad o mantener en vida, periódicamente, las relaciones con las naciones productoras de petróleo y reunidas en la OPEP, que no por casualidad ha recuperado su vitalidad desde que su secretario general es venezolano? En fin, ¿debo velar por los intereses de mi país o por los de las multinacionales de Estados Unidos?”.

No me atrevo a pedir que los periodistas, que no saben lo que sucede en el mundo, entren en estos temas cuando se encuentran con Chávez, pero me esperaría una actitud más correcta por lo menos cuando se afrontan problemas como el de la información en Venezuela.

Cuando, en abril de 2002, con el apoyo de la administración Bush y de la España de Aznar, la oligarquía local y hasta una parte de la Iglesia intentó un golpe de estado contra su gobierno, elegido democráticamente, en las horas dramáticas de ese evento las televisiones, en un 95% en manos de empresarios privados hostiles a Chávez, instigaban a la subversión o bien, sin ningún respeto por los ciudadanos, transmitían dibujos animados.

Después, con el paso del tiempo, vencieron las licencias de muchas emisoras televisivas y radiofónicas y, como hubiera sucedido en Estados Unidos o en cualquier otro sitio, a las que instigaban a la subversión y al asesinato del presidente no se les renovó el permiso.

Más recientemente se aprobó una nueva ley que favorece las cooperativas, los grupos de base y los grupos sociales. Ya que soy ciudadano de un país como Italia, estoy prevenido contra cualquier ley que tenga por objeto la televisión. Pero sí sé una cosa: en Venezuela, el 90% de las emisoras ha quedado en manos de la oposición.

No me parece ser una ley más liberticida que la nuestra.


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