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¿POR QUÉ LA INFORMACIÓN SOBRE CUBA SIGUE SIENDO INCORRECTA? Stampa E-mail

Siempre es triste la muerte de un hombre, en particular cuando aquél que hubiera debido cuidar de él no ha prestado a aquella vida humana la atención suficiente.

Así, la muerte, tras ochenta y cinco días de huelga de hambre, del obrero cubano Orlano Tamayo Zapata, encarcelado por diversos delitos comunes pero también por vilipendio del ex presidente Fidel Castro, y que protestaba por las condiciones carcelarias, dio pie para que nuestros medios de comunicación se interrogaran acerca de la calidad de la democracia de la Revolución.

A mi parecer, las críticas siempre son legítimas, aún cuando se olvida capciosamente, por ejemplo, que en Italia, en 2009, los suicidios en las cárceles han alcanzado cifras vergonzosas y que aquí, además, como lo demuestra el caso de Stefano Cucchi, se puede morir durante la detención no sólo por falta del socorro adecuado, sino también tras una “paliza” por parte de las que se denominan fuerzas de seguridad.

Evidentemente, esta es una costumbre de nuestra democracia: en efecto, todavía hoy – y han transcurrido nueve años – lo que un fiscal definiera “una noche de carnicería chilena” convenció al fiscal del juicio de segunda instancia a pedir unos cien años de cárcel para los matones de uniforme. Supuestas fuerzas de seguridad que, en esos aciagos días del G8 de Génova, en el colegio Díaz sofocaron en la sangre y molieron los huesos de muchos jóvenes indefensos, cuya única culpa era la de haber marchado y protestado contra la despiadada lógica del neoliberalismo.

Me detengo sobre este detalle no insignificante porque el jueves 25 de febrero esta desconcertante página de la vida italiana hubiera debido aparecer, en nuestro medios de prensa, al lado de la crónica de la trágica  muerte de Orlando Tamayo Zapata: pero sólo un diario de mi país, Il Manifesto, tuvo la sensibilidad y sintió el deber de no olvidarse de esa obligación.

El problema, ya añejo, reside en la honradez de la información sobre Cuba y sobre todos los demás países que, por su política, no convienen a los intereses de Estados Unidos y de Occidente.

Así, una vez más, no se quiso explicar, ni recordar, de dónde nace un caso como el de Orlando Tamayo Zapata, que no era exactamente un disidente, sino un ciudadano que por años había tenido problemas con la justicia y que se había vuelto cada vez más intolerante de la condición carcelaria, hasta llegar a acumular diversas condenas más.

En la cárcel, Zapata se había acercado a las ideas de las Damas de blanco, que representan una de las almas más equívocas de la reducida disidencia cubana.

Pero sólo se indicó como el malo de la historia al represivo estado cubano, aunque desde la época del Presidente de Estados Unidos Ronald Reagan es notorio que muchas de estas asociaciones contrarrevolucionarias son subvencionadas por grupos terroristas de Miami, a fin de llevar a la isla una “estrategia de la tensión” continua, también en detrimento de la misma posible y seria oposición a la Revolución, a menudo confusa y desgarrada por este asedio incesante.

Sólo para dar un ejemplo: cualquier periodista serio que desee conocer lo que sucede y no sólo lo que complace al Departamento de estado norteamericano sabe que recientemente (y es fácil encontrar testimonio de ello en la red), durante un juicio en Florida, Santiago Álvarez, un viejo terrorista al servicio de la CIA – como Posada Carriles y Orlando Bosch – , admitió ser uno de los subvencionadores de las Damas de Blanco, a cuya líder, Marta Roque, enviaba cada mes una generosa cantidad de dólares. Cuando le sorprendieron con un coche repleto de armas y explosivos, se justificó explicando que semejante santabárbara servía para hacer algunos atentados en Cuba, y reveló también que, para que no se interrumpiera ese flujo de dinero, Michael Parmly, antiguo responsable de la Oficina de intereses de Estados Unidos en La Habana, había ofrecido adelantar personalmente el vitalicio de las Damas de Blanco en la espera que el propio Santiago Álvarez pudiera volver a hacerlo personalmente. Un gesto generoso, aunque imprudente desde el punto de vista diplomático, ya que Santiago Álvarez fue condenado a una pena de 4 años, sucesivamente reducida a 30 meses.

Considerando estos antecedentes ¿por qué uno no debería dudar del tipo de democracia que los Estados Unidos querrían imponer a Cuba, desde hace cincuenta años, sin preocuparse por las víctimas que producen estas estrategias, como Orlando Tamayo Zapata?

Para quien lo hubiera olvidado, en 2003 el gobierno de Bush Jr. intentó darle un golpe final a la Revolución. En tan sólo dos semanas, hubo tres secuestros aéreos y un intento de secuestrar el ferry de Regla, con navajas a la garganta de los turistas, por parte de un grupo de supuestos opositores que querían irse a Miami.

Tres de los protagonistas de este intento de secuestro fueron condenados a la pena capital. Una sentencia radical que interrumpió la moratoria sobre la pena de muerte que la Revolución había respetado por años y que ha vuelto a respetar después de esa dramática emergencia, que había puesto en peligro la supervivencia misma de la Revolución.

También hubo setenta y cinco arrestos de personas acusadas de subversión. De éstos, cincuenta y tres todavía están en la cárcel.

Ciertamente, el responsable de esta dura intransigencia es el gobierno de La Habana, así como el de Wáshington es responsable de los cientos de desaparecidos tras las leyes antiterrorismo aprobadas por Bush Jr. después del 11 de septiembre, y por los que algunas revistas prestigiosas, como The Nation, han repetidamente pedido explicaciones al mismo Bush, sin obtenerlas. Además, el gobierno de Estados Unidos, hoy liderado por Barack Obama, ¿cuándo pondrá fin a este estado de sitio contra Cuba, que no tiene justificación ninguna, ni política ni moral?

Y ¿cuándo dejará el gobierno norteamericano de asignar fondos (140 millones de dólares en 2008, 55 millones en 2009, a pesar de la crisis económica) para favorecer la subversión en Cuba, violando el derecho a la autodeterminación de un pueblo? Recientemente Pierluigi Battista, en el Corriere della Sera, se asombraba por el hecho que la información más importante, cuando se trata de Cuba, no ahonda demasiado con sus críticas, mientras que lo hace cuando, por ejemplo, condena las represiones de la junta militar birmana.

Yo no sé qué sentido de la ética tiene Pigi Battista, pero sí sé del gran prestigio social de que goza Cuba en seno a todos los organismos internacionales, y nunca he oído hablar de médicos birmanos que salvan las vidas de pobres seres humanos del sur del mundo, desde África, al Himalaya, a Haití, como hacen, en cambio, setenta mil médicos cubanos.

Hay que tener coraje para sostener ciertos argumentos, en particular tras olvidarse de escribir tan sólo una reflexión sobre la última masacre de civiles en Afganistán, cometida el 22 de febrero en la provincia de Uruzgán por un helicóptero de EE.UU. Treinta y tres víctimas, entre éstas mujeres y niños, que intentaban huir de la ofensiva lanzada por las tropas de la Alianza Atlántica contra los talibanes, precisamente para “proteger” a los civiles, en la teoría. Y hay que ser realmente cínico cuando, como hizo Battista, no se pronuncia ni una palabra de indignación por el asesinato por comisión de uno de los fundadores de Hamas, Mahmoud Al-Mabouh, cometido en un hotel de Dubai el 20 de enero por un grupo de unos diez 007 israelíes que, para superar los controles, usaron pasaportes y tarjetas de crédito de ciudadanos europeos, tras robarlos y clonarlos, provocando “inquietud y preocupación” por parte de la Unión europea.

Para el Corriere della Sera, lo único importante fue reprobar el inmovilismo de la Cuba de Raúl Castro, que sigue siendo siempre igual.

Pero es singular que pocos se hayan dado cuenta de que, en este caso, son precisamente los Estados Unidos, en cambio, que no han sabido cambiar su política, como se esperaba. Obama firmó la renovación por un año del bloqueo a Cuba, y su aparato, evidentemente todavía preso de las lógicas de Bush Jr., incluyó a la isla de la Revolución, sin vergüenza ninguna, entre las naciones terroristas, pese a que Cuba tuvo que lamentar tres mil víctimas por lo atentados organizados en Florida y llevados a cabo en la isla.

Una actitud esquizofrénica, que le permite a Raúl Castro recordar que en Cuba nunca se asesinó a nadie ni, como admite la misma Amnistía Internacional, se torturó a nadie , ni se han practicado ejecuciones extrajudiciales. “En Cuba – señaló – se ha torturado, pero en la base naval norteamericana de Guantánamo, y no en el territorio gobernado por la Revolución”.

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